Discapacidad y sexualidad: la caída de las barreras más íntimas

Recién en el año 2010 nuestro país estableció avances significativos en términos de inclusión y la no discriminación de los ciudadanos. La Ley Nº20.422 habla sobre igualdad de oportunidades e inclusión social de personas con discapacidad, donde en su artículo primero establece que el Estado es garante de “asegurar el derecho a la igualdad de oportunidades de las personas con discapacidad, con el fin de obtener su plena inclusión social, asegurando el disfrute de sus derechos y eliminando cualquier forma de discriminación fundada en la discapacidad”. Además, en el año 2012 se le incorporan modificaciones que buscan garantizar igualdad de oportunidades y derechos propendiendo la total inclusión social e igualdad de oportunidades de las personas con discapacidad y descarta cualquier forma de discriminación desde el Estado y la vida pública fundada en su discapacidad (SENADIS, 2017).
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Pero, ¿Y la vida sexual de las personas con discapacidad?
La exhortación de los Derechos Sexuales de las personas con discapacidad de mayor relevancia mundial es la efectuada por la Asociación Mundial para la Salud Sexual (WAS por su nombre en inglés) con el patrocinio de la Organización Panamericana de la Salud (OPS).
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La declaración explica la fuerte relación existente entre desarrollo humano y el ejercicio de la sexualidad y llama a “Reconocer, promover, garantizar y proteger los derechos sexuales para todos”. Los derechos sexuales son un componente integral de los derechos humanos básicos y por consiguiente son inalienables y universales. La salud sexual es un componente integral del derecho al goce del grado máximo alcanzable de salud. La salud sexual no puede obtenerse ni mantenerse sin derechos sexuales para todos” (WAS, 2009). La misma Declaración reconoce que las personas con discapacidades, junto a los jóvenes, han sufrido la negación de sus derechos sexuales, tanto en la vida privada con las políticas sociales y llama a enmendar los déficits, expresando que la comunidad internacional debe reenfocar el concepto de los derechos sexuales existente hoy, aplicado en las acciones de los Estado, y debe orientarlo al ejercicio sano de la satisfacción sexual. Las naciones no sólo deben dictar políticas para la ausencia de infecciones de transmisión sexual, violencia sexual y abuso, si no que además deben emprender caminos para promover el ejercicio y goce de la salud sexual.
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En efecto, la sexualidad de la población en general ha sido tratada por las políticas públicas con la preocupación del embarazo o por los problemas que acarrean las Infecciones de Transmisión Sexual (ITS) a la salud pública . Expertos o especialistas nunca hablaron del ejercicio sano de la sexualidad para la población en general, y cuando lo han hecho, solo basta recordar el manual de sexualidad elaborado por la Municipalidad de Santiago.
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Si así son las cosas, imagina lo difícil que es para una familia enfrentar la sexualidad de una persona con alguna manifestación de discapacidad. Hay prejuicios, desconocimiento y falta de espacios para compartir experiencia y conflictos entre los deseos y las conductas. El ejercicio de la sexualidad en las personas con discapacidades ha sido el aspecto no tratado, cargado de prejuicios e incluso ocultado, debido a la falta de conocimiento, tanto en los equipos profesionales como de las familias con personas con discapacidad.
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Afortunadamente esto está cambiando y nuestro país se está poniendo a tono con las orientaciones de la OMS, entendiendo que la sexualidad y la afectividad son dimensiones esenciales en el ser humano, y que cada persona es libre de vivirlas como le parezca pertinente. En efecto, hoy el Estado de Chile asegura este Derecho por medio de la Ley Nº 20.418 que establece que todas las personas tienen derecho a recibir orientación en sexualidad y afectividad, considerando su edad, madurez psicológica y creencias. Sin embargo, cuando agregamos el concepto de discapacidad, el panorama se complica y aparecen obstáculos respecto a la forma de enfrentar esta situación.
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Ahora los impedimentos no son físicos, esta vez son obstáculos construidos fundamentalmente sobre mitos y/o falsas creencias respecto a las personas con discapacidad. Ahora el problema se consolida en la escasa educación sexual que reciben tanto ellos como sus familias, lo que se traduce en desconocimiento de códigos sociales y repertorios de conducta inadecuados para responder preguntas y orientar el ejercicio de la sexualidad.
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El primer paso para debilitar estos obstáculos lo damos cuando aceptamos y creemos que las personas con discapacidad tienen las mismas pulsiones sexuales que todos, y damos espacios para que la vivan igual que el resto de las personas. Sin embargo el ejercicio de la sexualidad -en un contexto social y culturalmente represivo en torno a la sexualidad y una intimidad restringida, entre otros- conlleva a situaciones familiares y sociales incómodas e "inapropiadas" que sin duda se deberá afrontar. 
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Estos y otros elementos pueden limitar el desarrollo afectivo y sexual de las personas con discapacidad, particularmente de aquellas dependientes de tenedores que no siempre tienen las herramientas para modular u orientar esto que es -para muchos- tan natural.
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Existe un desafío pendiente en la sociedad e idiosincrasia chilena respecto a la educación sexual en general y es aún mayor el desafío cuando se trata sobre personas con discapacidad. Habrá que trabajar duro en modificar creencias, saberes, actitudes, prejuicios y prácticas para promover el ejercicio del derecho de todos y todas a una sexualidad plena.
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Eso es todo por ahora. Si te interesa el tema escríbenos. Comparte en tus redes y entre tus amistades. Seguro a más de alguno le servirá.
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