Aunque resulte increíble, mi vulva y yo nos conocimos solo hace unos pocos años atrás, luego de que fui a ver una obra de teatro en la que una de las protagonistas desafiaba al público: “alguna vez se han mirado su chuchita? Cuando lleguen a su casa, tomen un espejo y mírenla. Es linda”.

Me atacó la intriga y como soy tremendamente curiosa, llegué de cabeza a buscar del necesario espejo, procedí a encerrarme con llave en mi pieza, me desnudé y recostada en la cama, me dí a la tarea de cumplir con lo encomendado por la actriz.

Busqué una posición cómoda, enfoqué la lámpara del velador, abrí mis piernas, acerqué el dichoso espejo, y ahí estaba, en todo su esplendor: Mi vulva.

Ese primer encuentro fue conmovedor y luego de reponerme de la impresión, comencé a explorar sus labios y cada uno de sus pliegues y orificios. Al cabo de unos minutos de hurgar, observar y curiosear, se me vino el mundo encima al caer en cuenta de que a mis treinta años, luego de haber parido tres hijos y habiendo tenido varias parejas sexuales, nunca se me había ocurrido, ni por casualidad, echarle una mirada a aquella parte de mi cuerpo tan mía, tan íntima, tan trascendental y más encima, tan cómplice de sudores, suspiros, gozos y aventuras.

Cabe mencionar que no soy nada de cartucha, por el contrario, la manera desenfadada de la que siempre he disfrutado de mi sexualidad, me ha valido el título honorífico de oveja negra de la familia el cual ostento a mucha honra. Nací con la libido exacerbada, que le va uno a hacer, contra la genética, nadie puede y debido a ello, imagino, desde niña me masturbaba sentada frotándome frenéticamente contra las sillas, lo cual hizo que mis escandalizados padres me llevaran a temprana edad al sicólogo. Por lo mismo, siendo todo lo desprejuiciada que soy, no lograba entender como nunca se me ocurrió mirarla, descubrirla, explorarla, conocerla y gozarla.

Supongo que, por una serie de convenciones sociales tácitas y/o implícitas, sumado a pautas de crianza cartuchas, machistas y retrógradas, siempre tuve un rol más bien pasivo y había dejado mi placer en manos de un “otro”, que vaya a saber uno porque, asumía yo que ese “otro” iba a saber como darme placer. Ese día, al conocer y admirar mi vulva, recién caí en cuenta de que si yo no la conocía, si yo no sabía como darle placer, malamente podía pretender que otro ser humano supiera hacerla vibrar.

Hay un antes y un después en mi vida luego de aquel día. Catorce años han pasado desde mi monumental descubrimiento y todo mi aprendizaje, evidentemente me ha servido para instruir a las parejas que he tenido desde entonces, porque ahora que sé el nivel de placer que mi vulva me puede brindar, ya no me vendo por menos, así es que, quien me quiera disfrutar, que aprenda!

Los hombres tienen la suerte de tener su presa colgando a vista y paciencia de quien quiera mirarla, en cambio las féminas, para variar, debemos esforzarnos un poco más, ya que nuestra presa está un poco más escondida y absolutamente invisibilizada. Pero ese esfuerzo bien vale la pena, porque desde que tuve la fortuna de “conocer” y “reconocer” mi vulva, disfruto más intensa y plenamente que nunca de mi sexualidad y me he transformado, en mi mejor amante.

Carola González Arias

#DivulvaNoVagina


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