Historias de sexo
Con Rosario en la azotea
Relatos

 

De mi intercambio universitario en la ciudad de Granada, en España, lo que más recuerdo es a Rosario. Rosario era una gaditana morena y mestiza. De pelo largo y negro y ojos grandes. Con un cuerpo entero curvo y firme.

Yo, me llamo Malva. Soy de muy al Sur, más de lo que puedas imaginar. Tengo el raro don de comunicarme con los muertos y lo que más  me gusta es subir el cerro en bicicleta. Éramos compañeras de clase, pasábamos el día juntas y después íbamos a pasar la tarde por ahí, solo caminando por la ciudad, encontrando lo interesante por casualidad. Nos juntábamos con un grupo bastante grande, que siempre montaba unos carretes antológicos. De esos que no deben repetirse por más de cinco años consecutivos para salvaguardar la integridad física.Bebíamos, fumábamos, bailábamos, a veces había instrumentos o  alguna gracia extra para animar la noche. Pero lo que siempre había en abundancia era sexo.

Muchas veces las fiestas eran en casa de amigos y duraban hasta el amanecer. Con Rosario, nos gustaba subir a la azotea de las casas cuando aparecía el sol. A veces follábamos allá arriba, con la ciudad abierta bajo nosotras. 

Teníamos un sexo muy rico, fuera de cualquier realidad externa. Solo existía el ahora y el placer.

Recuerdo como nos revolcábamos por el suelo, sacándonos la ropa con ansiedad, y sentir sus labios cálidos y húmedos. Recorrer su cuerpo con besos, con mordiscos y suspiros. Bajar por su cintura hasta encontrarme con monte púbico, su olor…

Ella era experta en hacerme chorrear. Se iba abriendo hueco entre mis piernas como una serpiente sigilosa. Con su boca besaba mi sexo, y se abría paso con la nariz entre los pétalos de mi vulva. Tenía la técnica perfectamente estudiada para introducir sus dedos en mi cuerpo sin que me diera ni cuenta, y así frotaba y frotaba hasta que conseguía que me retorciera de pies a cabeza.

Nos comíamos mutuamente, a horcajadas una sobre la otra restregando nuestros pubis, con la respiración agitada y la piel perlada por la transpiración. 

Yo disfrutaba bebiendo la energía que manaban sus grandes pechos, y perderme entre sus aromas de mujer.

Allá arriba en la azotea, dónde lo íntimo sale a la luz nosotras nos perdíamos en laberintos de placer interminables.

Vivimos nuestro año de lujuria y después yo volví y le perdí el rastro. Espero que esté bien allá donde se halle. Yo la sigo recordando con humedad incluso después de los años…

 

 

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