Historias de Frida Luna
Cruel Tortura
Relatos 

 

Me llamó la atención lo lujoso de aquella casa. Estaba en las afueras de la ciudad, como a una media hora en auto. Era de piedra gris, antigua. Para llegar hasta allí había que transitar dos kilómetros hacia el interior de un valle oscuro por el que corría un riachuelo travieso que bajaba cristalino desde las altas montañas.

He tenido muchos clientes excéntricos, pero él sin duda los superaba a todos.

La primera vez que nos encontramos, a través de un amigo común al que también presto servicios, yo era mucho más jóven.  Un coche enviado me pasó a recoger a la puerta de casa. Siendo que yo siempre acudo a mis citas en táxi.

Sabía que era un cliente especial, me habían advertido. Me vestí con uno de mis mejores vestidos. Uno de seda rojo. Taco alto. Maquillaje meticuloso, uñas impolutas, ropa interior cara y perfumada y revisión en el espejo.

Me abrió la puerta una mujer de aspecto uraño vestida de negro.

- Adelante, sígame por favor. - Me dijo.

Cruzamos un largo corredor en el que colgaban obras de arte de valor incalculable. Llegamos a una enorme habitación en la que solo había una gran alfombra y una chimenea en la que crepitaba un fuego algo intimidatorio.

La mujer me dejó allí sola. Esperando.

Pasó un cuarto de hora hasta que se abrió una puerta distinta en la que no había reparado.

Era un hombre de unos 45, pelo entrecano, porte noble. Me miró de arriba abajo, se acercó despacio y me habló al oido:

-Disculpa el retraso querida, estaba ocupado.

Acto seguido me sacó el vestido con cuidado y lo tiró al fuego. Me quedé mirándolo sin saber que decir. ¡Era de seda de verdad! No sentí miedo porque entendía que toda aquella puesta en escena estaba perfectamente estudiada. Una que es puta sabe de estas cosas y los ricos son en general raros.

Me sujetó el pelo con fuerza, pero sin causarme dolor y me arrodilló.  Puso mi cara al frente de su pene.  Se lo sacó y me lo ofreció.  Yo lo introduje en mi boca complaciente. Estaba aún blando, supuse que quería una erección así que me apliqué.

El agarraba mi cabeza y a ratos me estrujaba la cara contra su pelvis impidiéndome respirar. Yo seguía chupando y chupando como solo buena fulana sabe. Era muy dominante pero no brusco, sin darme cuenta estaba empezando a mojar mi lindos calzones de encaje.

En un momento dado se guardó el miembro. Me colocó en cuatro y me hizo un gesto para que permaneciese ahí.  De un bolsillo sacó una pluma de ave.

Empezó a acariciarme el cuerpo con la pluma. Era placentero. Me la pasaba por la espalda, por los brazos, por las piernas. En algunas zonas hacía cosquillas.

Bajó despacio hasta mis pies. Me dio risa e instintivamente me contraje y me senté. Me tiró del pelo y me volvió a colocar.

-Te quiero quieta y silenciosa.-

Siguió torturándome un rato más. Yo me esforzaba por no reír y por no pegarle una patada. Cuánto más me veía sufrir más se excitaba. En verdad no sabía si estaba pasándolo mal o gozando.  Él se acariciaba pero no se masturbaba.  Parece que la cosa iba a ser prolongada.

No dejaba que tocase ninguna parte de mi cuerpo.  Me besó con pasión, lancé la mano hacia su entrepierna pero la sacó.  Tampoco dejaba que le tocase.

Me sacó la ropa interior. También la lanzó al fuego. Ahora sí me hizo sentir profundamente desnuda, como si fuese una niña pequeña perdida en medio de una tormenta de nieve.

Tumbó mi cuerpo boca arriba, con las piernas separadas. Comenzó a acariciarme de nuevo con la pluma.  El vientre, el cuello, los pechos, el rostro.  Quería llorar.

Bajó hasta la ingle y se distrajo un rato en mi pubis. Acariciaba los labios de mi vagina, recorrió hasta el ano. Iba y venía. Humedeció dos dedos de  la mano que le quedaba libre introduciéndolos en mi vagina para después bajar a mi culito y empezar a masajear la zona. Mientras seguía con su plumita. Sentía tantas cosquillas que casi no noté el momento en el que me penetró por detrás.

Después de tanta energía contenida, como me daba era como una vía de escape. Me retorcía de placer por muchos lados a la vez, una sensación extraña.

Ya no pude más, estaba al borde del éxtasis. Me acariciaba el clítoris con la pluma mientras me penetraba con fuerza. Noté como su excitación iba en aumento, cada vez más fuerte y más intenso. Cuando llegó el momento de irse sacó su miembro de mi culito y se fue con estrépito sobre mí, llenándome de sus fluidos.

Se levantó y se fué.

Al rato llegó la misma mujer del principio con una gabardina color café. Me acompañó de nuevo a la puerta en la que me esperaba el mismo auto, me pagó y me despidió con una sonrisa amarga.

Muchas veces volví a esa casa, muchas experiencias distintas. Esta solo fue la primera de muchas historias.

Les espero en la próxima. Su amiga
Frida Luna

 

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