Historias de Frida Luna
La esclava Misako
Relatos 

Conocí a Misako una noche lluviosa y plagada de espíritus, en una cafetería pequeña del centro de la ciudad.

Ella era corredora en la bolsa de Tokio, su oficio era mover el dinero para hacerlo crecer en base a pura especulación. Era sagaz y muy intuitiva, como un pez que nada aprovechando las corrientes del mar

Me contó de su infancia en Japón y de su padre, un alto cargo del ejército. Su madre era pianista, murió cuando era apenas una niña de una enfermedad pulmonar.

Estudió hasta límites enfermizos toda su juventud, la becaron en una universidad estadounidense con mucho prestigio donde conoció a la gente indicada y volvió a Japón a trabajar y seguir trabajando. Ahora, con treinta años, podía jubilarse si quería porque había acumulado una pequeña gran fortuna. Su vida giró trescientos sesenta grados hacía un año cuando su padre murió. El pilar de sus creencias se derrumbó.

Dejó su trabajo y empezó a viajar. Me habló de cuando llegó a Cuba, de Brasil y de Perú. Viajaba con una mochila y una cámara. Llegó a Chile hacía seis meses. Le gustó y pensó quedarse un tiempo e invertir en algo. Le gustaba Valparaíso.

A Misako no le interesaban los hombres, pero tampoco las mujeres. Sólo le aburrían las relaciones. Pero igual necesitaba sexo. Ella decía que debía "renovar su energía". Tampoco le interesaba el sexo convencional. Necesitaba experiencias más fuertes...

Ella era pequeña y frágil, como un pajarito. Con el pelo liso y negro muy negro. Era hermosa aunque disimulaba sus encantos. Me quedaba mirándola fascinada con la elegancia de sus gestos, como si estuviera bailando constantemente. Su inglés tenía un acento infantil como hablando un idoma inventado.

Juntando sus manos y haciendo una reverencia me pidió que fuera su  dómina el tiempo que estuviera en Chile.

Quedamos en que me juntaría con ella en su hotel al día siguiente a las siete.

Llegué puntual. Me abrió la puerta vestida de negro y con el pelo recogido en un moño.

Después de un poco de conversar, las reglas y cortesías, la hice desnudarse. Había traído un bolso con todos mis instrumentos. Saqué una madeja de cuerda tipo seda y la amarré de pies y manos. Pasé las cuerdas por todo su cuerpo, haciendo nudos fuertes para que sintiera la presión de las cuerdas. Ella permanecía silenciosa y ni seria ni sonriente, sino en un estado neutro.

Le vendé los ojos y la dejé sobre la cama, sentada sobre sus pies con el tronco sobre las rodillas, con el sexo y el trasero expuestos. Aproveché la postura para insertarle una joya anal. Le puse lubricantey se la introduje despacio pero sin titubear. Ella gimió y se resistió un poco. Le pegué un azote fuerte y al instante se relajó y el accesorio entró.  Luego vino la mordaza y la orden final. Yo iba a irme y ella tenía que esperar a que volviera el tiempo que tardase. No importaba cuanto.

Asintió. No le quedaba otra puesto que estaba amarrada, amordazada, con los ojos vendados y con un dilatador enorme en su culito.

Salí por la puerta. Caminé un par de cuadras pensando en qué entretenerme ese rato. Justo en la esquina había un cine, y la función empezaba en 10 minutos, ¡perfecto! Allí estuve una hora y treinta minutos. Era una película de monos animados, muy divertida. Salí con hambre así que fui a tomarme un café con pastel de zanahoria. Pensé llevarle una a Misako. Puede que después de la sesión tuviese hambre.

Entré en la pieza, y allí estaba. Tan linda, tal cual la dejé. Qué obediente esta niñita.

Al sentirme se movió un poco e hizo un pequeño gemido de gratitud. Por suerte la pieza estaba bien temperada, así que no fue  tanto su sufrimiento.

Le acaricié, ella se retorcía bajo mi mano, como buscando el contacto. Le saqué la venda y la mordaza y la besé en los labios.

Deshice los nudos, tenía el cuerpo marcado por las cuerdas. Le pedí que se parase bajo el marco de la puerta. La coloque con las piernas separadas y los brazos extendidos, ocupando todo el espacio con su cuerpo. Iba a azotarla.

Para esta ocasión había traído un látigo chico. Rápido y muy preciso. De los que pican. Fueron veinte para empezar y veinte más para terminar. Le azoté el trasero, le golpeé las piernas, los brazos y la espalda. Jugaba a asustarla un poco, ella gemía y se contraía al sentir el cuero, pero no perdía la compostura.

Cuando hube terminado, le pedí que se arrodillara. Le acaricié el rostro para consolar su dolor. Ella se aferraba a mi con devoción.

Saqué de mi maleta un dildogrande con arnés. Lo coloqué alrededor de mi cintura y le pedí a Misako que lo lamiera. Ella estaba arrodillada a mis pies e introducía el dildo en su boca una y otra vez como si fuera un autentico miembro.

Pude ver que se excitaba. Ya los azotes habían provocado que de su sexo brotara agua, pero cada vez estaba más entregada, sus mejillas se iban sonrojando y tenía la mirada perdida. Le agarré del pelo, oprimía su cara contra mi vientre, la asfixiaba un poco y le permitía que volviera a respirar entre sollozos y gemidos.

Luego la coloqué tendida boca abajo sobre la cama. Aún andaba con el dilatador puesto en el ano. Lo saqué sin pedir permiso y la penetré con el dildo. Misako curvó su espalda, se sentía frustrada. Su clítoris estaba hinchado y trataba de tocárselo a  lo que yo reaccionaba con una fuerte cachetada.

Jugué un rato con ella en esa posición. Yo la penetraba por detrás con fuerza, le tiraba del pelo. Introduje dos dedos en su boca, palpando su lengua y sus labios. Ella gemía y lloriqueaba,  como una perrita.

Le di vuelta y la penetré por la vagina. Ella movía sus caderas arrítmicamente, como una potrilla que esta empezando a trotar. Continué despacio, le pellizcaba los pezones y la mordía fuerte. Seguí hasta que sentí que un enorme orgasmo la inundó por todas partes. De su sexo brotó jugo y su boca buscaba la mía desesperadamente.

Le permití reponerse un poco y acto seguido le mostré mi pubis. Acerqué su rostro a los labios de mi vagina, debía devolverme el orgasmo. Así que misako lamió y besó mi clítoris hasta que me fui en su boca. Tenia unos labios suaves y rosados, que se posaban en los míos como en un beso de amor.

Pasamos varias horas más jugando en la pieza de Misako. Este fue el primer encuentro de varios. Nunca olvidaré a la hermosa japonesa, su cuerpo pálido y flaco y su mirada de amor hacia mi, un amor que nunca sintió pero que si recibí.

Espero que le les haya gustado esta historia. Es una de muchas. La vida de una puta de lujo da para escribir una novela entera.

Se despide cariñosamente,  Frida Luna

 

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