Historias de Frida Luna
La fiesta y el ritual
Relatos 


Hoy voy a contarles una historia que me sucedió recientemente.


Recibí una invitación para participar en una fiesta en una casa un poco alejada de la ciudad. El evento era organizado por un antiguo cliente al que hacía bastante tiempo que no veía, por lo que me alegré al ver su nombre en la invitación. Era de los caballeros educados que pagan bien y dan buena conversación.

Se trataba de una fiesta de máscaras, al estilo veneciano ya saben, olfateé la orgía que se venía desde mi departamento.

 

Llegué temprano, con un vestido negro escotado por la espalda y una máscara de encaje.

Ya habían llegado algunos de los invitados que se saludaban y sonreían tras sus máscaras.

Por fin encontré a mi anfitrión que se alegró mucho de verme, me presentó a algunas de las personas que estaban con él y procedió a mostrarme la locación. El lugar era una pequeña casita de campo camino de la costa, nada ostentoso. Cocina amplia, piscina  y una gran higuera en el jardín. Qué agradable, pensé.

- Búscame a la hora de cenar Frida. Te necesito.

- Por supuesto.-Le dije con una sonrisa complice.

Estuve un rato pululando por ahí, bebí algo de champange, conversé con algunas personas, nada fuera de lo normal. Recuerdo un tipo gordo que no me quitó ojo en toda la tarde,me seguía a donde iba y trataba de hablarme de algo pero las palabras se perdían en algún lugar entre su enorme papada y su boca y nunca llegaba a salir. Uno alto y pelado insitía todo el rato en que me fuera con él al jacuzzi, cuando le pregunté si podía pagar mi tarifa (que es de las caras) se dio la vuelta y se fue.

Para cenar había (ay mi amigo tan ocurrente...) todo un menú afrodisiaco inspirado en el recetario de la antigua Roma. Ganso asado a la miel, ostras con vino especiado, queso de cabra con atún, trufas, perdices y algo que me dijeron que era loro pero que no quise probar por si acaso.

 

La gente a estas alturas ya estaba bastante ebria y muchos bien drogados. Entre eso y la libertad ficticia que te dan las máscaras, ya había algunos que se habían olvidado del pudor y mantenían sexo sin control por cualquier esquina.

Busqué a mi amigo, como me pidió. Le encontré sentado en un gran sofá junto con una mujer muy bella, con porte aristocrático.

-Frida, te presento a mi esposa Laura. Ella organizó la fiesta.

Por un momento me sorprendí, teniendo una mujer que organiza orgías de findesemana no comprendo que hace pagando a una puta. Pero como una ya está curada de espanto, solo sonrie y se presenta.

- Hola Laura, un placer. No sabía que Agustín estuviera casado.

- Sí hace tiempo. -Se rió elegantemente- Lo que pasa es que he pasado unos años viviendo en París por trabajo, ahora vengo recien llegando a Chile, espero que para quedarme. Ese es el motivo de la fiesta.  Pero no hablemos de mí, que aburrido. Cuéntame Frida,  qué es lo que más te apasiona en la vida.

- El sexo.

-¿De verdad?

- Si no, no podria ser tan buena en lo que hago.

- Desde luego no esperaba menos de una puta.

- A su servicio.

- Jajajajaja. Me caes bien Frida Luna, eres sutil.

- No señora no lo soy, solo soy una puta más como dijo.

- Disculpa, no era mi intención ofenderte. Perdóname.

- ¿Puedo saber a qué he venido?

- Amiga- intervino Agustín- Te hemos llamado porque necesitamos tu ayuda. Tenemos un tema delicado entre manos y no sabíamos con quién consultarlo.

- Cuénteme. - Una puta sabe que el ego es el peor enemigo de una misma. Siempre servicial y nunca sufrirás.

Escuché la historia con atención. Sopesando las palabras que estaba escuchando. Querían pagarme mucho dinero por algo que parecía no tan raro (para las cosas que una escucha a veces)

La cuestión es que toda esa gente que estaba ahí, pertenecía a una especie de red de contactos, como una sociedad secreta. Me pidieron que no me asustara, que no iba a haber sacrificio humano ni nada satánico, que simplemente tenía que mantener sexo con Laura en un lugar concreto mientras el resto llevaban a cabo la ceremonia. Era como una especie de ritual pagano, me recordó a las historias de las sacerdotisas-putas de la antigua Mesopotamia. La suma era muy grande. Pensé que si me hubieran querido matar en medio de un orgasmo para absorverme la energía ya habría sospechado algo, pero todo parecía natural, solo una pandilla de locos no peligrosos. Así que acepté.

Ya era de noche, salimos todos (todos los que no estaban en otra cosa) camino del campo. Laura iba primera, detrás Agustín y yo, y despues el resto. Todos en silencio, solemne. No me había dado cuenta de que había Luna Llena.

Llegamos a un lugar despejado, como una pequeña pradera circular, en medio había una gran piedra plana, parecía un altar natural. A mí me recordó la figura de un bisonte durmiendo, incluso parecía que respiraba.

Unas personas empezaron a colocar velas blancas alrededor. Laura se desnudó y se subió a la piedra, tenía un cuerpo hermoso de mujer madura. Blanco y curvo.

Agustín me hizo una seña así que hice lo mismo que su esposa.

Una vez arriba, Laura empezó a besarme con delicadeza. Recorrió mi boca, mi cara, bajó por el cuello, me besó las clavículas. Acariciaba mis pechos, se acercó a chuparme los pezones, me estaba excitando.

 

Mientras la gente alrededor, que había hecho un circulo, cantaba una canción en un idioma extraño. Una especie de mantra mágico, hipnótico.

Me olvidé que estaba ahí, la luna brillaba fuerte y las estrellas tenían una luminiscencia psicodélica, casi de aurora boreal.

Me dejé llevar por las instrucciones de esa extraña mujer. Cuando quise darme cuenta, estaba entre mis piernas, bebiendo de mis fluidos. Me lamía y me besaba todo el sexo, con dedicación. Succionaba mi clítoris y jugaba con él en su boca como si fuera un caramelo.

Entré en una especie de trance del que recuerdo poco. Recuerdo los cantos, recuerdo la sensación de disolverme. Recuerdo que me sentí piedra, después pradera y después valle. Sentí como mi cuerpo se transformaba en montañas y en mar. Recuerdo albergar una cueva donde antes estaba mi vagina, y escuchar el eterno cloc cloc del agua subterránea caer sobre estalagmitas de calcio. Poco a poco me fui acercando al orgasmo, un orgasmo que nunca llegaba y que al mismo tiempo nunca terminaba. En el momento máximo recuerdo a Laura enre mis rodillas, penetrándome con un dildo atado a un arnés. Y yo transformarme en ríos y cascadas de agua, corriendo por sus cuencas hasta el mar, y recuerdo escalofríos por todo el cuerpo, desde los dedos de los pies hasta lo alto de mi coronilla. Espasmos electricos por la columna y contracciones en el útero. Y más agua. Y fundirme con el cosmos. Y llorar de alegría. Y quedarme dormida.

Me desperté en una de las camas de la casa, ya de día. Me vestí, salí de la pieza buscando alguien conocido pero la casa estaba en silencio. Una mujer mayor estaba aseando el living.

- Buenos días señorita. ¿Le llamo un taxi?

-Por favor.

Justo cuando me iba el matrimonio apareció por la puerta. Me conversaron de trivialidades hasta que llegó la locomoción. No se que consiguieron de mi esa noche, pero intuí que todos habiamos salido ganando.

 

Les espero en la próxima. Su amiga 
Frida Luna

 

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